“Cierre por liquidación”

Cuelgo el cartel de cierre:
-Se acabó el restaurar muebles-

Punto y final a la difícil, (porque lo es y mucho), tarea de restaurar mobiliario ajeno que me llega extremadamente dañado, carcomido, con infinidad de fisuras profundas y roto por mil partes, algunas irrecuperables.

Muebles a los que incluso tras varios lijados en los que me esmero por ir desechando capas de deterioro, no siempre consigo arrebatarles todas las astillas.

Esta herencia de corrosivos años carentes de cuidados que traen consigo, ayuda a que la rehabilitación se demore entorpeciendo además en ocasiones, el devolverles su apariencia original como algunos esperan, pues caso contrario hasta los tildan de inservibles.

Pero yo no desisto en mi afán por sacar a relucir la fortaleza y brillo que esconden. De hecho por ello, me suele ocurrir que tras pasar por mis manos, se convierten en fornidos y sólidos bienes con una asombrosa consistencia a prueba de cualquier golpe. Eso si, yo me quedo con las palmas llenas de cardenales.

Y cuando acabo de pulirlos y les dejo que muestren su luz de nuevo, es cuando parece que la gente se fija en ellos y descubren que existen. Es más, he tenido casos en los que aparecen compradores que sin apenas mediar palabra, reclaman lo que dicen es suyo olvidando y/u obviando, que fueron ellos quiénes los repudiaron.

Así es que en medio de este desgaste que yo sufro y ellos pierden para siempre, me suelen quedar pocas opciones. Entrego mi mimado regalo y mientras me pierdo por conservar parte de su olor conforme se va alejando de mi, sólo pido que su nuevo dueño jamás olvide que su mantenimiento ha de ser constante. Su naturaleza así lo pide y hasta, en ocasiones, lo vale.

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