“Quid pro quo”?

… ¿Ha de ser siempre “Quid pro quo”? …
Me resulta ciertamente controvertido  el asumir que algunas relaciones hayan de medirse bajo el lema de la “reciprocidad”.
Escucho con bastante frecuencia aseveraciones que van enfocadas en este sentido y ante las que más de un contertulio inclina firme cabeza coartando  otras alternativas.
Fundamentan  logros y desaciertos en lo obtenido sobre unos elevados niveles de permutas que equilibran y/o desequilibran, (según lo esperado), su estado vital  lo que viene a producir  altas carencias pues a menudo creemos no recibir lo que merecemos, (léase más bien “lo que desearíamos”), y por lo tanto suele resultar escaso el beneficio invertido en este “intercambio”.
Asumo la dificultar en una entrega sin “ánimo de lucro”, más no la descarto.
Al fin y al cabo el Amor, el de mayúsculas, es propia definición de ello y estar a expensas de una compensación cuando buceamos en sentimientos, conduce mayoritariamente a rendición.
¿Tan difícil resulta amar?

Quizá lo que sí resulte difícil es que dos personas se encuentren justo  cuando ese momento de absoluta ecuanimidad les haya conducido a descubrir quiénes son, qué sienten, desvestidos de temores a la par que recubiertos de generosidad suficiente para penetrar sin titubeos en su “Yo”, adentrarse sin restricciones en un “Tú” y así lograr construir  un “Nosotros” libre de canje.

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