"Volverán"


Relato presentado en  "VI Premio Luis Adaro de Relato Corto" (La Asociación de Escritores Noveles - AEN). Enero 2012



Hay vacíos difíciles de llenar y por el contrario hay otros difíciles de liberar. En medio, los que deben permanecer tal cuál se construyeron...
Los primeros rayos de sol descansan sobre las copas vacías. La música ha dejado de sonar. El gélido viento canta en la ventana y ella abre los ojos. Con extrema lentitud se desprende de la manta que cubre su desnudo cuerpo sin apartar la vista del que a su lado duerme. "No quiero despertarle. No quiero que me vea. He de salir sin ser vista".

Casi flotando para no ser escuchada, deambula
por la casa recopilando su ropa. Esa de la que él fue dueño anoche arrebatándosela con la misma dulzura con la que la amó.

No es la primera vez que están juntos. Su historia se remonta al otoño en que su prima se casó.

Muy a su pesar, pues reacia ha sido siempre a acontecimientos sociales, asistió a su boda, dado que además, su confidente prima amenazó con prepárale más "citas a ciegas" si no asistía, lo que convirtió este acto en una obligación ineludible, ya que horrorizada, aún recordaba los tres últimos encuentros preparados.


Con la promesa en la mano de no más experimentos, se convirtió en Dama de Honor. Su estrategia era permanecer el tiempo justo en el que debía desarrollar su papel para desaparecer tan pronto los novios salieran por la puerta de la iglesia. En ello estaba, cuando en su marcha clandestina, tropezó con un apuesto hombre que sin querer le pisó el vestido, provocando que ella, antes de perder el equilibrio por completo, se aferrara a su cuello evitando así, no sólo ser descubierta, sino dejar su rostro dibujado en el suelo.

Tras el susto, vinieron las disculpas, las presentaciones, y unidos por las misma intención en dar por zanjada su presencia en tal acontecimiento, marcharon juntos. Una cosa llevó a la otra y antes de que se hubieran dado cuenta, ya habían pasado casi cuatro años.

Sin fecha en calendario, se han ido viendo intercaladamente cuando uno de ellos claudicaba y necesitaba más al otro. Incluso meses sin verse ni oírse, no han frenado esta su historia.

Esta noche, de nuevo una vez más, se veía acurrucada en sus brazos.

Los encuentros a su lado comenzaban sumergidos en debates que no agotaban a los interlocutores. Temas variados, ideas compartidas, enfoques distantes, puntos sin resolución, consumían minutos de un ansiado encuentro. Ambos vivían sin desvelar al otro ese deseo irracional que les hacía buscarse constantemente al tiempo que, con la misma frecuencia, les llevaba a la huida. Imposible controlar ambos instintos de manera coherente, pues en ocasiones uno se alzaba por encima del otro para luego rendirse y dejarse abatir por el antes ganador.

Pese a jactarse constantemente de estar en posesión de unos insensibles nervios de hierro capaces de enfrentar con éxito cualquier acontecimiento, acercarse a él siempre suponía rendición y entrega sin reparo de sus anhelos más ocultos. Presa del pánico, escapaba una y otra vez corriendo tan rápido como su corazón podía respirar y sus piernas responder. "Me ahogo perdida en mi propio deseo. Es enfermizo", se decía reconociendo su debilidad.

"Buenos días, tengo prisa, pero estoy preparando café. Sólo y con un sobre de azúcar, como siempre", oyó decirle mientras terminaba de colocarse la falda y el aroma del café inundaba la sala.
"Prisa, prisa ... Un domingo a las 11.30 hrs de la mañana. Después de tanto tiempo y tanta excusa absurda que roza lo inverosímil, aún da por hecho que le creo".  Pensó en silencio.
"No gracias, he de irme. Me esperan", respondió sin mirarle. Hoy quiso ser ella quién también obsequiara con pretextos la despedida, sobretodo antes de que él descubriera que con un sólo guiño, volvería a dormirse en sus brazos.

Un adiós cautivo en los labios cierra la puerta.

Abrochándose el abrigo, se apresura con firmeza hacia el ascensor, increpándose a sí misma: "Ésto no debe suceder otra vez. Hoy ha sido el final".

Tras breves minutos postrado frente a la puerta con el sólo café en sus manos, duda si salir en su busca. "¡¿Por qué habré dicho otra vez lo mismo?!. No sé porqué siempre la acabo apartando si lo que quiero es que se quede. No sé cómo hacerlo ... ".

Prácticamente inmóvil, enfadado más incapaz de reaccionar, rememora al detalle cada instante a su lado. Todavía quedan gotas de su perfume bailando en el aire y los ecos de su risa retumban entre las paredes de su ahora, fría habitación. "¡Me gusta que me cante; ilumina mi vida".

El silencio de su casa permite que se reconforte en su recuerdo. Su corazón se acelera. Sonríe, abre la puerta y grita su nombre acelerando el paso. No hay respuesta. Ya ni siquiera hay rastro de ella.

Regresa a su casa, tira el café, abre una cerveza y ya sereno se deja vencer por la cobardía, permitiendo que el miedo recorra su cuerpo. "No tengo necesidad de comprometerme. Yo soy así y además al fin y al cabo, ella volverá. Siempre lo hace".

Tarda en justificarse ante sí mismo, exactamente lo mismo que tarda en marcar el número de teléfono de la pelirroja de la tienda de la esquina. Con ella no corre riesgos. Alegre y jovial, siempre dispuesta ante su reclamo, nunca pide nada. Él no exige pues no requiere nada más. Sus encuentros fugaces, carentes de obligaciones ni conversaciones eternas, risa fácil y rápida despedida, le sobran y le bastan para autoafirmarse. Ella le aleja de tentaciones que puedan encadenarle. Es su antídoto contra su morena.

- "Abre el champagne que te regalé. En quince minutos estoy en tu casa", responde excitada una pecosa rojiza.

Mientras y al arrope de una balada, con cierta nostalgia, se va alejando de su casa.

La imagen de su rostro con esa increíble sonrisa que le derrite, se va haciendo borrosa en el retrovisor de su coche. Baja la ventana dejando que su larga negra melena se alborote confiando que sus pensamientos aprovechen este mar de confusión y se escapen para no volver. Necesita sentir que el frío de este domingo invernal, apaga su calor. Sin embargo, quisiera ser capaz de lograr convertir las horas en días y los días en meses, más abatida en los intentos, desconfía que suceda.

Siente como su cuerpo clama el regreso a él. Perdida en este mapa sin límites claros, ríos que se desbordan, montañas que marcan barreras, se debate entre seguir sin mirar atrás o volver tratando de mirar hacia delante. Ingrata ecuación a base de sumas y restas, llena de luz: "Volveré, siempre lo hago".

Él está cansado. Quiere dormir, pero su mente aniquila toda posibilidad de sosiego. Centra sus esfuerzos en la pelirroja con el ánimo de desbancar a su morenaza que con fuerza irrumpe una y mil veces vapuleando sus cimientos. "No puedo dejarme caer...Otra vez, no".

- "¡Sírveme otra copa!", dice la joven alzando la voz y bailando sin cesar.

Ella bebe, él se emborracha y el día les absorbe...

La tarde pide su turno. Él recibe su llegada a solas, sin rubias, ni rojizas ni negras melenas. Solo, en un desierto ... en altamar a la deriva ... Sin rumbo ni destino claro. Incompleto.

Urgencia por tenerla a su lado. Angustia por dejarla marchar. "Morena, vuelve".

Él quiere retenerla y ella escapar. Ella quiere permanecer por siempre, él desaparecer.

Se baten en duelo entre lo dicho y lo hecho. Entre un vacío y otro. Abismos contradictorios de los que son incapaces de escapar. "Volverán, siempre lo hacen".

Silvia AG
Publicado en: "El Relato del Mes"

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