“El regalo de la felicidad pertenece a quién lo desenvuelve”.

Por fin el dueño recoge lo que es suyo. Algo que siempre le perteneció y que siempre tuvo, pero que nunca tomó.
¿Cobardía, temor, recelo, indiferencia?.
Quizás todo ello unido.
Quizás no profesaba igual amor.
Quizás simplemente le bastara con saber que ella le amaba.

¿Es un sueño nutrido en ella?. Un fantasma en su vida, un amor en su recuerdo.  Una evocación perenne a aquella mirada entregada y recibida.
Ese instante que jamás ha vuelto. Ese sentir guardado en la memoria.  

Ha decolorado los momentos hasta desvanecerlos en el olvido. Creyó verse liberada dejando todo dónde debía estar: en el pasado.
Se convenció a base de silencios mantenidos, actos nunca ejecutados y agarró la cruel realidad de que nunca la eligió; en su baraja esta carta, no era apuesta.
Inútil fachada. Endeble fortaleza. Batalla perdida.

Quisiera alejar de ella la imperiosa necesidad de reír a su lado, de besar su boca, de dormir en su regazo … De compartir su felicidad.

Cuál Guadiana que desaparece y reaparece, toca a su puerta que continua e invariablemente, se abre con la misma brevedad que se cierra. 

Cansada de la otorgada “valentía”, siente que debe avanzar. Con más temor que coraje, fatiga a sus espaldas, un pequeño aliento de esperanza, y pese a no querer ser más esta débil figura de mujer, recorrerá de nuevo un camino que ya conoce.

Dicen que “el regalo de la felicidad pertenece a quién lo desenvuelve”.
Dicen que “la felicidad siempre viaja de incógnito; sólo después de que ha pasado, sabemos de ella”.
Dicen que “no está la felicidad en vivir, sino en saber vivir”.

Dejemos que digan y esperemos poder decir.

Llega el momento de vivir y no sobrevivir.

Por si no surge ocasión … GRACIAS.



Y por si surge, reserva siempre un baile

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